

Desde Guadalajara, con amor y canto
Por Lynn Mendoza-Khan, Fundadora y Directora Artística – Latinx Choral Project
Guadalajara me recibió como una vieja canción—familiar, pero llena de nuevas armonías. Como Directora Artística y Ejecutiva del Latinx Choral Project, llegué en un viaje mixto de trabajo y placer, pero me fui con el corazón henchido de inspiración, tradición, risas y un renovado sentido de propósito. Esta ciudad, con sus colores brillantes y su pulso musical constante, me recordó una vez más por qué hago este trabajo.


La Escuela del Mariachi: Un legado vivo
En el corazón de mi visita estuvo la Escuela de Mariachi de Guadalajara, fundada por Fernando Briseño, cuya herencia fluye directamente de las raíces del mariachi. Su padre, Lino Briseño, cantó y tocó con el legendario Mariachi Vargas, y ese legado se escucha con claridad en el compromiso apasionado de su hijo.
Fernando ha creado más que una escuela; ha construido un refugio donde jóvenes músicos crecen y se transforman en portadores seguros y apasionados de esta tradición. Desde sus inicios humildes en una bodega con techo de lámina, hasta su vibrante sede actual en San Rafael, la escuela acoge hoy a casi 200 estudiantes.
Me impresionó profundamente el nivel musical, especialmente de los estudiantes de violín y vihuela. En tan solo cinco meses, los maestros lograron cultivar un tono cálido, preciso y lleno de vida. Los alumnos del nivel intermedio cantaban con voces claras, valientes y llenas de fuerza expresiva.
Al finalizar nuestro tiempo juntos, ocurrió algo espontáneo e inolvidable. Comencé a cantar “Guadalajara”, y en segundos, los estudiantes se acercaron con entusiasmo, aprendiendo los acordes con una energía contagiosa. Pronto, todos cantaban conmigo—armonizando, riendo, bailando a través de la música. Fue una alegría pura. Una prueba viva de por qué esta tradición debe—y va a—continuar. Me fui inspirada, sabiendo que estas voces jóvenes llevan consigo las luchas y triunfos de nuestros antepasados.




Tlaquepaque: Un festín para los sentidos
Cuando no estaba sumergida en la dicha musical, mi familia me llevó a uno de los tesoros culturales más encantadores de México: Tlaquepaque. Es un lugar donde cada calle adoquinada parece contar su propia historia, donde el arte popular y la elegancia rústica conviven con calidez humana y tradición viva.
Entrar a sus tiendas y galerías fue como caminar dentro de un caleidoscopio mexicano: esculturas de bronce con alma, vajillas pintadas a mano con caritas de gatos y mensajes juguetones, muebles tallados con esmero, y un toro de madera meciéndose sobre una base adornada con flores, como si estuviera a punto de cobrar vida. Cada rincón despierta los sentidos con color, textura y creatividad.

Los techos altos de los mercados, las lámparas de hierro forjado, los pasillos repletos de macetas y cerámicas con forma de animales—todo respira belleza y autenticidad. El aire se llena de música, risas y el murmullo alegre de compradores y artesanos. En un espacio, los mosaicos del piso forman patrones tan vivos como los textiles que cuelgan de las paredes; en otro, esculturas místicas observan en silencio desde jardines llenos de vegetación.
Y la comida… ¡la comida fue un poema en sí misma! Gorditas crujientes, tortas ahogadas rebosantes de sabor, queso fundido burbujeante, flores de calabaza rellenas, guacamole recién molido en molcajete, tortillas hechas a mano aún humeantes, y margaritas de tamarindo—dulces, ácidas y refrescantes como un beso de verano. Cada platillo fue una celebración del gusto, cada bocado un puente entre la memoria y el descubrimiento.
Tlaquepaque no es solo un lugar para visitar—es un lugar para sentir. Para perderse en el arte, en las historias bordadas en cerámica y madera, y en largas conversaciones familiares bajo la sombra de una terraza llena de flores. Es un santuario de creatividad y raíces vivas. Un abrazo del México que canta, que crea y que comparte.



Lucha Libre: Teatro, clase y caos

Y luego, la Lucha Libre. Mis primas Jackie, Estela y yo nos abrimos paso entre la multitud como verdaderas luchadoras para encontrar nuestros asientos. Pero la verdadera pelea no estaba en el ring—estalló en las gradas. En medio del espectáculo, la zona baja (público más adinerado) comenzó a gritarle a la zona alta (clase trabajadora) con fuerza:
“¡Putos los de arriba!”
Y la parte alta no se quedó atrás:
“¡Putos los de abajo!”
Se convirtió en una batalla paralela—una explosión ruidosa, cómica y teatral de tensiones de clase, donde el público se robó el espectáculo entre puños al aire, insultos y carcajadas. Los luchadores pasaron a segundo plano mientras la verdadera función ocurría en las gradas. No pude resistirme. Elegí un bando, levanté el puño y me uní al coro desenfrenado. Por un instante, dejé de ser espectadora—me convertí en parte de ese hermoso y absurdo ritmo colectivo del pueblo.
Regresar con fuego nuevo

Entre comidas deliciosas, largas conversaciones, caminatas coloridas por Tlaquepaque, mi tiempo en la Escuela de Mariachi y una noche inolvidable de Lucha Libre, este viaje se volvió algo sagrado. Fue un encuentro profundo—con mi familia, con nuestras tradiciones, con el alma viva de la cultura mexicana.
Regreso a Portland—y al Latinx Choral Project—renovada, recargada y lista. Lista para seguir componiendo, dirigiendo y elevando voces en armonía. Lista para llevar estas historias, estos sabores, estos sonidos y esa alegría ancestral profunda a cada nota que cantamos.
Porque en cada voz hay un puente. En cada concierto, un regreso a casa. Y en cada tradición folklórica, un futuro que se niega a desaparecer.
Sigamos cantando.
Con el corazón lleno,
Lynn Mendoza-Khan
Fundadora y Directora Artística – Latinx Choral Project